Balas y tabaco. Experimentando con las formas narrativas. Cuerpos del delito. Por el humo se sabe donde está el fuego. Antonio Altarriba y Sergio García.

Por Aarón Pedraza

Supongamos por un momento que los cómics sirven para poco más que ser el mero campo de pruebas donde se cocinan las exitosas series y películas que tanta dicha nos generan; sumemos ahora autores cuya principal ocurrencia sea proponernos reflexionar sobre dicho medio y sus recursos.

Esto nos llevaría a una situación sabida pero frecuentemente olvidada: que la narrativa gráfica se compone de muchas miradas y que así como encontramos fórmulas que parecieran basar mucho de su éxito en la ausencia de autocrítica también existen suficientes autores interesados en ver a la narrativa gráfica como un medio capaz de ofrecer criterios distintos al éxito audiovisual y que no es extraño que sean dichos trabajos los que generalmente ayudan a dar solidez al medio.    Con guión de Antonio Altarriba y dibujo de Sergio García, “Cuerpos del delito. Por el humo se sabe dónde está el fuego” es un trabajo publicado en 2017 por la editorial española Dibbuks y presenta dos niveles de lectura: por un lado es una crítica a una lógica de mercado en tiempos de guerra -misma que termina siempre por rebasar a los sujetos- y al mismo tiempo es una exploración sobre las formas en que funciona la narrativa gráfica.

Antonio Altarriba es un autor español formado en plena época de postguerra civil, donde los tebeos representaron si un espacio para evadirse a otros mundos pero posteriormente un campo abierto al cuestionamiento. A principios de los 80s decide abordar al medio como guionista (en 2010 fue galardonado con el Premio Nacional de Cómic por su díptico “El arte de volar” y “El ala rota”) destacando siempre una mirada crítica en su trabajo, como deja ver su trilogía “Yo asesino”, “Yo loco” y “Yo mentiroso”); pero al mismo tiempo ha sido un divulgador activo del medio, fue responsable de la primera época de la revista “Neuróptica”, enfocada en el abordaje teórico del cómic, y actualmente dirige con la fundación “El arte de volar”, que busca apoyar a los jóvenes autores interesados en desarrollarse en el medio.

Por su parte, Sergio García es profesor de cómic en Angouleme y en la Universidad de Granada y su trabajo es uno de los más representativos del cómic experimental europeo. Recomendado por el Instituto de Lectura Francés, con colaboraciones con Francois Mouly, (editora de la revista RAW y directora de arte del New Yorker) y miembro honorífico de la OuBaPo, L’Ouvroir de bande dessinée potentielle (dirigida por Thierry Groensteen), es sin embargo un autor poco conocido para el lector promedio de cómics. A nivel gráfico, el trabajo de García muestra claramente 3 vías de desarrollo y experimentación:

  • La narración multilíneal, donde trabajos como “Lost in New York. A Subway adventure” dejan ver cómo cartografía e infografía se mezclan para ofrecer diversos caminos de lectura estimulando una mayor participación en el lector.
  •  La ruptura del formato libro, en la que el dibujo desborda el formato y obliga a nuevas salidas como los formatos plegables. Ejemplo de ello es “Caperucita roja”, trabajo realizado con Lola Moral.
  • El contenedor de historias, donde el tema o la figura central de la narración va estructurando la forma de contarse de la historia y donde el dibujo se convierte en la base narrativa restándole importancia a lo cinematográfico, uno de los vicios heredados de algunos formatos. “Cuerpos del delito. Por el humo se sabe dónde está el fuego” es un ejemplo.

     Pero también ambos autores coinciden en una disciplina: la docencia, misma que les ha brindado una perspectiva distinta sobre la narrativa gráfica, alejándose de los lugares comunes según los cuales los mayores logros de la narrativa gráfica serían o bien estimular el acercamiento a la literatura “seria” (encasillándola como un género menor), o bien servir de puente al blockbuster audiovisual. 

Híbrido entre libro ilustrado y narrativa gráfica, “Cuerpos del delito…” se compone de una introducción, 4 cuentos breves y un anexo plegable que toman de base la muerte de un soldado de la UN a manos de un francotirador para entrelazar historias de vida, balas y tabaco. Libro ilustrado de 70 páginas con 3 registros: uno literario, uno ilustrativo y uno más historietístico.

     En su introducción, “No sólo de tabaco muere el hombre”, Altarriba pregunta qué resulta más letal, si el tabaco previamente cocinado con un sinfín de sustancias extrañas o las mentiras de todas las empresas e industrias -farmacéuticas incluidas, por ejemplo- que contaminan todo nuestro entorno. ¿Por qué entonces el interés de centrarse en el tabaco? Sin minimizar las consecuencias de su uso, el autor señala la forma en que un producto que llegó incluso a contar con un uso ritual y reconocimiento social sirve ahora para responsabilizar a los individuos de su uso y consecuencias, ocultando así toda una serie de condiciones estructurales donde gobiernos y empresas quedan exonerados y libres de juzgar a los sujetos por no acatar las condiciones de un juego social determinado desde las altas esferas.

“Miroslav”, cuento que da inicio al libro, narra la historia de un sicario marcado por una vida en el orfanato, las humillaciones, las pandillas y el desinterés de los demás; donde el tabaco americano termina por volverse la recompensa y excusa perfecta para reflexionar luego de cada asesinato solitario en plena guerra.

“Francois”, el más largo de los cuentos, detalla la vida Francois Laplanche, marcada por una prudencia que en su extremo entiende el ingreso al ejército no como una estrategia de ataque sino de supervivencia y donde la reciente afición al tabaco le permite recordar tanto los momentos de acoso escolar y de hostigamiento durante los entrenamientos militares como de aquellos proyectos a realizar una vez de vuelta a casa (las mejoras a la granja o el asegurar el futuro de la hija). Proyectos que contrastan con una guerra -la de Bosnia- y la misión de proteger a civiles desconocidos de francotiradores igualmente anónimos.  

     El tercer cuento, “Ratko”, narra la historia de un dealer que, arrastrando el desprecio al padre maltratador -fumador empedernido-, encuentra en el tabaco la única forma de sobrevivir y donde el fin de la guerra lo lleva a sus consecuencias lógicas: el pasar de la venta de drogas y tabaco al tráfico de armas, negocio demasiado grande para un vendedor solitario.

     Cerrando las historias, y una vez acabada la guerra, “Hervé” muestra la entrada del sargento Hervé Dumont al mundo de los negocios, donde el cinismo militar (donde no cabe ningún llamado patriótico) no hace sino entender toda guerra como una oportunidad de negocio y donde la cadena de sobornos permite el paso del trafico de alimentos al de combustibles para terminar consagrándose como una de las figuras relevante de la economía nacional, además de permitirse el gusto de reprender a todo aquel que se deje llevar por las debilidades, como la del tabaco.

El libro cierra con un anexo desplegable de 100 x 70 cms. donde de un lado veremos una reflexión ilustrada de García y del otro lado la representación gráfica de los cuentos -sin texto- a partir de la silueta de un cadáver, el del soldado muerto que sirve de mapa a estas historias y donde la mancha de sangre nos lleva a los últimos recuerdos del protagonista.

En la primera lectura del desplegable, García apunta lo ya revisado en su investigación de la Universidad de Granada “El contenedor de  historias: una narración multilineal en un espacio expansivo” donde señala que nuestra forma de leer un cómic es deudora de los códigos de escritura tradicionales (donde el formato del libro termina por subordinar al dibujo y establecer el orden de lectura de arriba abajo y de izquierda a derecha) y señala otras formas de escritura -y lectura- donde el dibujo puede expandirse y articularse en distintas direcciones. También señala que, si bien el rectángulo de una viñeta puede resultar un tanto opresivo, también vale entenderlo como un contenedor que puede adoptar distintas formas.

Luego de esta idea, e inspirado por “El hombre ilustrado” de Bradbury -donde el cuerpo del personaje sirve como soporte para ilustrar distintas historias- García sugiere ahora la silueta del cadáver del personaje principal, Francois, para que cada extremidad se vuelva una historia multilineal con sus diferentes comienzos, una línea argumental que ayuda a comprender el desenlace. Este lado del desplegable cierra con la explicación del proceso de trabajo final: el desplegable del cadáver que contiene la narración gráfica de los 4 cuentos y su desenlace.

Probablemente, uno de los problemas que tuvo dicho trabajo -y que se reflejó en su poca difusión y número de ventas regular- fue su carácter híbrido: es un trabajo que no acaba de ser un cómic -aunque cierra con uno- y es más un libro ilustrado con un acercamiento poco adecuado para volverse un éxito comercial.

¿Por qué entonces acercarse a este trabajo? Porque refleja, como muchos otros, la postura de dos autores interesados en abordar de manera reflexiva y crítica un medio y aunque no acabe de tener la importancia de otras obras, si permite ver otro campo de exploración enorme: el de la experimentación editorial, rubro siempre minoritario pero no menos importante que el campo de los éxitos audiovisuales o el de las plataformas digitales.

Por último, actualmente ambos autores trabajan en un nuevo proyecto para la editorial Norma, con el título tentativo de “Congo”, en formato clásico y de unas 120 páginas, donde narra, en 5 partes, las experiencias de un niño soldado africano y una enfermera en una mina de coltán, bases para retratar la violencia, la migración y los diferentes tráficos que hacen estragos en África.

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